Esmeralda 1212 - 2º piso Of. 6 (1007) - Buenos Aires, Argentina.
Ministerio de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto
Secretaría de Comercio y Relaciones Económicas Internacionales y Asuntos Consulares
Telefono: (54 11) 4819-7000
E-mail: cei@mrecic.gov.ar
Web:
cei.mrecic.gov.ar

Panorama de la Economía Internacional | Panorama del Mercosur

PANORAMA DE LA ECONOMIA INTERNACIONAL Nº 1, octubre 1998
La evolución reciente de la economía internacional
La Crisis Financiera Internacional y el fantasma de la Gran Depresión

Declaración de la Comisión Económica para la América Latina y el Caribe (CEPAL) sobre la Crisis Financiera Internacional (15 de septiembre de 1998)

Japón: del estancamiento a la recesión

PANORAMA DE LA ECONOMIA INTERNACIONAL Nº 2, diciembre 1998
La evolución reciente de la economía internacional
1998: Malos tiempos para el Comercio Mundial
El efecto contagio: ¿una metáfora conducente o un mito sin fundamento?

PANORAMA DE LA ECONOMIA INTERNACIONAL Nº 3, mayo 1999
La evolución reciente de la economía internacional

PANORAMA DE LA ECONOMIA INTERNACIONAL Nº 4, septiembre 1999
La evolución reciente de la economía internacional

PANORAMA DEL MERCOSUR Nº 1, octubre 1998
La Crisis Asiática y las Economías Latinoamericanas

PANORAMA DEL MERCOSUR Nº 2, marzo 1999
Los requisitos de acceso de carácter ambiental: ¿Un problema para las exportaciones argentinas?

PANORAMA DEL MERCOSUR Nº 3, julio 1999
¿Qué se puede esperar de la Ronda del Milenio?

PANORAMA DE LA ECONOMIA INTERNACIONAL Nº 1, octubre 1998

La evolución reciente de la economía internacional.
A medida que la crisis financiera originada en el sudeste de Asia fue ganando en alcance y afectó economías que hasta ese momento habían quedado al margen de los acontecimientos, los pronósticos respecto de la evolución futura de la economía mundial fueron revisados sistemáticamente hacia abajo. De esta forma, pari passu la volatilidad de los mercados de activos y la presión sobre las monedas de diferentes países se va generalizando al tiempo que la crisis se cobra nuevas víctimas, tales pronósticos se van tornando cada vez más preocupantes. Inicialmente, en octubre del año pasado cuando la crisis aún no había alcanzado a Corea del Sur existía cierto consenso acerca de que la economía mundial prácticamente no sentiría el impacto de las turbulencias cambiarias y financieras iniciadas en Tailandia o que, en todo caso, lo haría en forma sólo marginal. En ese momento el FMI pronosticaba una tasa de crecimiento del PBI mundial del 4,3% para todo 1998. Sin embargo, una vez que el contagio alcanzó a Corea, la economía número 11 del mundo al producirse la crisis en términos de producto y la número 12 en términos de su participación comercial, los pronósticos oficiales y privados fueron revisados sensiblemente hacia abajo y se estimó que el conjunto de la economía planetaria registraría una reducción de su tasa de crecimiento de 0,8 puntos procentuales. Al mismo tiempo, luego de una relativa calma durante el primer trimestre del año, las malas noticias llegadas desde Japón augurando serias perspectivas de recesión en la segunda economía del globo agregaron un nuevo elemento para el pesimismo. Así, el nuevo pronóstico efectuado por el FMI en mayo de este año calculaba una tasa de crecimiento del producto mundial del 3,1% para todo 1998 (1,2 puntos porcentuales menos que siete meses atrás). No obstante ello, la continuación de la volatilidad y la incertidumbre en los mercados de activos y de divisas y la extensión de la crisis a Rusia han determinado que en el curso del último mes se produzca una renovada ronda de revisiones en los pronósticos relativos al desempeño de la economía mundial. Así en el World Economic Outlook de septiembre de 1998 el FMI revisó sus pronósticos de mayo en 1,1 puntos porcentuales adicionales y espera que la economía internacional crezca un 2% durante todo 1998. De esta forma, desde el pronóstico efectuado hace un año la tasa esperada de crecimiento del PBI mundial se ha reducido en nada menos que 2,3 puntos porcentuales lo que pone de manifiesto la magnitud de las impactos ocasionados por la crisis.
Las estimaciones efectuadas por diferentes analistas del sector privado son aún más pesimistas. Algunas de tales anticipaciones como, por ejemplo, las efectuadas por J.P. Morgan, un banco norteamericano de inversión, a fines de agosto, estimaban una tasa de incremento del PBI mundial de sólo el 1,5%. De verificarse dicho pronóstico la evolución de la economía mundial sería más desalentadora que la registrada en el "recesivo" año 1991 y se asemejería a la del bienio 1981-82 cuando la economía mundial experimentó su peor "recesión" desde la década del treinta. La correción de los pronósticos de crecimiento parece estar reflejando el marcado empeoramiento de las expectativas producido como consecuencia tanto del virtual colapso financiero de la economía rusa, como de la extensión de las dificultades al mercado bursátil norteamericano y, no menos importante, los crecientes temores generados por la aparición de nuevos ataques especulativos sobre las monedas de algunas economías emergentes ubicadas en regiones del globo como la latinoamericana, muy alejadas (geográficamente) del epicentro de la turbulencia. La sensación generalizada es que, a partir de las medidas que se vio obligado a adoptar el gobierno ruso el 17 de agosto cuando declaró la cesación momentánea de pagos de parte de los compromisos externos del país y decidió la devaluación del rublo, la crisis financiera ha adquirido verdadera dimensión internacional. Es en este sentido que las actuales turbulencias financieras y cambiarias se diferencian de las dificultades ocasionadas por el efecto tequila originado en México a fines de 1994, en el que los efectos de derrame no dejaron de adoptar esencialmente un carácter regional y aún de la crisis de la deuda externa latinoamericana iniciada en 1982. Con economías que dan cuenta de las dos quintas partes del output mundial (medido a la paridad del poder de compra) ya en franca recesión o desacelerándose en forma marcada, el mayor peligro que acecha a la economía internacional consiste en que la crisis afecte a los bastiones del crecimiento internacional en los últimos años, EEUU y Europa. Si ello ocurre y Asia no logra recuperar al menos tasas modestas de crecimiento, entonces, el producto mundial podría contraerse por primera vez desde la Gran Depresión, algo que no ocurrió en las "recesiones" de 1975, 1981-82 y 1991 pues mientras en esos años la contracción alcanzaba a los países desarrollados, la mayor parte del mundo en desarrollo se mantenía creciendo. Ciertamente, para que dicha perspectiva se viabilice no sólo debieran producirse los encadenamientos más desafortunados sino que los autoridades económicas tendrían que cometer un error tras otro en el diagnóstico, el diseño y la gestión de la política económica, algo que a lo que pocos analistas otorgan demasiadas probabilidades de ocurrencia. Sin embargo, el sólo hecho de que dichos analistas incluyan este "escenario de catástrofe" en el set de los "estados de la naturaleza" admisibles no hace más que reflejar la profundidad y complejidad de las dificultades que afectan a los mercados internacionales. Lógicamente, el fantasma que acecha el pensamiento de varios de los actores relevantes en la escena internacional no es otro que el de los años lúgubres de la década del treinta, algo que a esta altura de los acontecimientos parece, sin embargo, un presagio demasiado apresurado y débilmente fundado. De hecho, un conjunto de factores que caracterizan la actual situación de la economía internacional permite señalar la existencia de marcadas diferencias con aquella coyuntura (véase en esta publicación el recuadro correspondiente). Aún así es cierto que la gravedad de los problemas enfrentados están exigiendo una serie de intervenciones lúcidas e imaginativas para evitar que continúe el derrame de las dificultades. En lo que sigue se repasan diferentes aspectos de la situación económica internacional que permiten ilustrar dicha afirmación.
Las economías avanzadas
El PBI del conjunto de las economías avanzadas creció, durante 1997, a una tasa del 3,1% reflejando la fase particularmente favorable que el ciclo estaba atravesando en dicho momento, fundamentalmente en EEUU y Europa Occidental. Antes de que las dificultades financieras se manifestaran en toda su intensidad los pronósticos del FMI suponían la continuación sin alteraciones de este comportamiento expansivo. Así, en octubre del año pasado anticipaba una tasa de crecimiento del producto en las economías avanzadas del 2,9% para todo 1998. Sin embargo, como se ha señalado al comienzo de este informe, en mayo de este año el FMI procedió a revisar hacia abajo sus pronósticos a fin de tomar en cuenta las primeras repercusiones serias de la crisis asiática. Como resultado de ello se redujo la tasa esperada de crecimiento de las economías avanzadas en medio punto, llevándola al 2,4% anual. Del cuadro correspondiente surge que la revisión más importante correspondió a Japón en el que se corrigió hacia abajo la tasa en más de dos puntos porcentuales. Excepto ello en el resto de los casos las correcciones fueron más bien menores reflejando la idea bastante generalizada de que el impacto de la crisis financiera sobre dichas economías tendería a ser relativamente acotado y, en el caso de EEUU y Europa, incapaz de alterar el sendero expansivo en el que ambas economías se venían desenvolviendo. En lo que se refiere a los pronósticos de crecimiento este panorama no se alteró radicalmente cuando la crisis se generalizó a partir del colapso financiero en Rusia. En efecto, tanto los pronósticos efectuados por los organismos financieros multilaterales como los llevados a cabo por el sector privado auguran la continuidad de la fase expansiva del ciclo en EEUU y Europa Occidental. El World Economic Outlook de septiembre de 1998 anticipa que las economías avanzadas crecerán en conjunto un 2% aunque este resultado está influído fuertemente por lo que ocurre en Japón. En dicho país las dificultades de origen doméstico y la virtual parálisis de las autoridades en los últimos meses deterioraron aún más el pronóstico para este año. Así, mientras en los primeros meses del año se esperaba que la economía japonesa permaneciera estancada, el pronóstico efectuado este mes por el FMI reconoce la existencia de un recesión abierta y espera una caída del 2,5% para todo 1998. Por su parte algunos pronósticos privados son aún más pesimistas. J. P. Morgan, por caso, estimaba a fines de agosto una contracción del orden del 2,8%. En lo que se refiere al resto de las economías avanzadas el pronóstico no ha variado sensiblemente desde mayo e incluso en algunos casos ha sido revisado hacia arriba. Esta es la situación de la economía estadounidense donde se espera que el crecimiento continúe a una tasa del 3,5%, mejorando el anterior pronóstico en 0,6 puntos porcentuales. Lo mismo ocurre, aunque en menor medida, con Francia y Alemania donde los pronósticos han sido mejorados. En esos casos se espera que la economía crezca a un ritmo del 3,1% y el 2,6%, respectivamente.
Hasta el momento los efectos benéficos provocados por la crisis financiera sobre las economías de EEUU y Europa occidental parecen haber superado con creces a los impactos negativos. Por un lado, tanto la caída de los precios internacionales de commodities y materias primas como la creciente presión proveniente de importaciones sustancialmente abaratadas ayudaron a relajar las presiones inflacionarias en economías que llevan ya varios períodos consecutivos de expansión. En el caso de EEUU dicho factor se vio reforzado fuertemente por la revaluación del dólar provocada por el fuerte ingreso de capitales de corto plazo en busca de refugio seguro en los bonos del Tesoro. Por otro lado, la salida de fondos de los países emergentes parece haber coadyuvado en los últimos meses al logro de nuevos récords en los mercados de capitales tanto de Europa como de EEUU. Sin embargo, los acontecimientos de mediados de agosto en Rusia y el derrame de las presiones especulativas a Latinoamerica parecen haber determinado un punto de inflexión en lo que se refiere al balance de los efectos potenciales derivados de la crisis financiera internacional sobre las economías avanzadas. En efecto, la fuerte caída acaecida en las bolsas de EEUU y Europa el 31 de agosto generó profundos interrogantes respecto del fin de la supuesta burbuja especulativa que venían experimentando los mercados de activos y sobre la que varios analistas, y en particular el presidente de la Reserva Federal, habían alertado ya un año y medio atrás. Asimismo, hizo patente que las perspectivas inmediatas de las empresas europeas y norteamericanas con operaciones en las regiones afectadas distan de ser demasiado auspiciosas y que los bancos y otros acreedores con exposición financiera en aquellas economías tendrán que asumir nuevos quebrantos que se suman a los sufridos por los agentes alcanzados inicialmente por la primera onda de la crisis. Por último, la generalización de la turbulencia financiera y la confirmación de su carácter decididamente internacional tornaron evidentes las crecientes presiones -muchas veces contradictorias- que de aquí en más deberán enfrentar las autoridades de política económica de los países centrales. En lo que respecta a EEUU, cabe señalar que el principal temor reside en el impacto que un eventual inicio de un ciclo bajista en Wall Street, gatillado por la perspectiva de menores beneficios futuros de las empresas norteamericanas radicadas en las regiones en emergencia económica, pueda tener sobre la tasa de crecimiento de la economía. De lo anterior se puede inferir entonces que el principal canal a través del cual la debacle en los mercados internacionales de activos puede transmitirse a la economía estadunidense parece ser de naturaleza financiera. Ello es así pues el shock externo negativo provocado por la caída de la demanda asiática de productos norteamericanos aunque significativo parece tener, en última instancia, un impacto limitado. Tal situación obedece, naturalmente, a la reducida participación en el producto de las exportaciones al sudeste de Asia. En efecto, dado que los ventas a los cinco países asiáticos más afectados (Tailandia, Indonesia, Corea del Sur, Malasia y Filipinas) representan un 8% de las exportaciones totales de EEUU y, medidos en términos del producto, dan cuenta de un escaso 0,7% del PBI, el Banco Asiático de Desarrollo estimó en su informe anual que el impacto directo de la crisis para la economía estadounidense será una reducción de sólo 0,6 puntos porcentuales en materia de crecimiento. Este hecho es interesante pues parece sugerir que un factor no menor en la explicación del impacto limitado de la crisis sobre la economía de EEUU reside en la reducida participación que las ventas a la región, y las exportaciones en general, tienen sobre el conjunto de la demanda agregada. En este sentido, no deja de ser paradójico constatar que, en el actual contexto de globalización financiera e internacionalización productiva, una de las claves -aunque ciertamente no la única- de la escasa vulnerabilidad de una economía grande como la estadunidense pase, precisamente, por su carácter básicamente cerrado en el plano real. A pesar de ello no debe subestimarse el impacto directo que, sobre la tasa de crecimiento de la economía, podría tener una extensión de las problemas financieros a Latinoamérica, una región con la que EEUU mantiene conexiones reales mucho más importantes. En dicho sentido, es importante destacar que aproximadamente un quinto de las exportaciones norteamericanas están dirigidas a nuestra región. En lo que se refiere al canal financiero de transmisión cabe señalar que, aunque hasta ahora prácticamente la totalidad de los pronósticos le otorga una probabilidad de ocurrencia muy baja, la única posibilidad real de que la crisis internacional afecte seriamente a la economía de EEUU parece residir en que las recientes correcciones ocurridas en el mercado bursátil sean el inicio de un marcado ciclo a la baja (bearish). En tales circunstancias, se especula con que el fuerte efecto riqueza que estuvo operando en los últimos años a la par de la suba en las cotizaciones accionarias se revierta y comience a afectar negativamente la evolución del consumo. En 1984 la propensión al ahorro por parte de las familias era de un 8,5% del ingreso disponible. A partir de allí dicha propensión ha caído al 6% en 1992 y en la primera mitad del presente año se ha ubicado en un prácticamente nulo 0,6% . Algunos analistas estiman, no obstante, que, frente a una fuerte caída de las acciones, la operatoria del efecto riqueza podría no ser simétrica. Esto es, si los agentes del sector privado se sienten más pobres e intentan reestructurar su hoja de balance a fin de hacer frente a las pérdidas de capital, entonces, el efecto riqueza negativo podría ser de mayor magnitud que el que operó en la fase expansiva. A ello debe agregarse que, en comparación con la década pasada, una proporción mucho mayor de los portafolios financieros privados están constituídos por tenencias accionarias. En tal caso, el impacto sobre el gasto de consumo del sector privado podría llegar a ser muy marcado. Algunas estimaciones privadas suponen que, de producirse una caída del 40% en los precios de las acciones, el consumo privado podría reducirse en un 4 a un 5% en los próximos dos años. Al mismo tiempo, una caída pronunciada del precio de las acciones, al incrementar el costo, vía mércado bursátil, del fondeo externo a las firmas, podría impactar negativamente sobre la evolución de los planes de inversión. Ello es así pues una reducción del valor de mercado del capital físico significaría que el precio de oferta de dichos activos productivos podría ubicarse eventualmente por encima de su precio de demanda y tornar más atractiva la compra de activos existentes antes que la creación de nuevos bienes de capital. Si ese fuera el caso y la "q" de dichos activos (el tradicional cociente de Tobin entre los precios de demanda y oferta) cayera bruscamente, los encadenamientos virtuosos que estuvieron en operación durante la fase expansiva podrían trocarse en un círculo vicioso que ponga a la economía norteamericana a las puertas de una recesión. Hasta el momento ése no parece, sin embargo, ser el cuadro que enfrenta la economía de EEUU. Durante la mayor parte de la presente década la primera economía del globo atravesó una fase expansiva de larga duración en la que, a diferencia del patrón usual exhibido por el ciclo de posguerra, la presiones inflacionarias estuvieron mayormente ausentes. Ello fue así a pesar de que, durante la misma, la tasa de desempleo alcanzó los registros más bajos en 24 años y, por tanto, la situación del mercado de trabajo se caracterizó por la presencia de una demanda tonificada. Tal evolución no impidió que las autoridades económicas, en particular la Reserva Federal, monitorearan con sumo cuidado la marcha de la economía, prestas a actuar subiendo las tasas de interés de corto plazo en caso de que hubiera síntomas de aceleración en la evolución de los precios.
arriba/top

PANORAMA DE LA ECONOMIA INTERNACIONAL Nº 1, octubre 1998
La Crisis Financiera Internacional y el fantasma de la Gran Depresión
Como se afirma en el texto, a medida que la profundización de la crisis internacional obligó a revisar hacia abajo los pronósticos de crecimiento de la economía mundial las posturas más pesimistas fueron ganando creciente terreno. La conjetura más difundida al respecto fue que el escenario inevitable era el de una repetición de las calamidades vividas en la década del treinta. Aunque no se deja de reconocer las marcadas similitudes existentes en la génesis de las dificultades y en la naturaleza de los problemas que caracterizan al actual panorama económico internacional, vale la pena destacar que existen aún así notorias diferencias -particularmente en lo que se refiere al entorno institucional y de políticas- respecto de aquella coyuntura. En primer lugar, cabe destacar que uno de los canales principales a través de los cuales el crack bursátil de 1929 y las presiones recesivas iniciales derivaron en caídas acumulativas del producto y en la generación de desempleo en una escala masiva fue la conducción de la política monetaria. En efecto, las autoridades monetarias de la época, restringidas por la vigencia en varios países del régimen de patrón oro, contaban con escasos grados de libertad para manejar la oferta monetaria y los utilizaron de manera desafortunada promoviendo activamente la contracción monetaria. En efecto, no sólo se resignaron, en los países con déficit externo, a observar cómo se producía la contracción monetaria sino que, en el caso de EEUU, esterilizaron mediante la venta de bonos públicos las consecuencias monetarias del superávit. Esta política, implementada en la convicción de que la restricción monetaria ayudaría a combatir la especulación en los mercados de activos, era exactamente lo opuesto de lo que las economías necesitaban para evitar caer en la depresión. En la actualidad, por el contrario, la vigencia de tipos de cambio flotantes entre las principales monedas, aunque al costo de una exacerbación marcada de la volatilidad en su cotización, garantiza un mayor control de la oferta monetaria por parte de las autoridades económicas y las habilita para maniobrar en forma contracíclica en caso de ser necesario. De hecho, esto es lo que desde algunos sectores se les está reclamando a los bancos centrales de los países industrializados -y en particular a la Reserva Federal norteamericana- cuando se les exige que bajen las tasas de interés que rigen para los préstamos de corto plazo. En segundo lugar, durante la Gran Depresión la mayoría de los gobiernos, particularmente los de EEUU y Gran Bretaña, implementaron lo que Minsky (1982) denominó una estrategia de "No-No intervention" caracterizada por la combinación simultánea de la restricción monetaria, la ausencia de toda política de salvataje a los bancos por parte del banco central y una política fiscal pro-cíclica orientada a alcanzar el equilibrio del presupuesto y las finanzas públicas. Dicha política fue combatida en su momento no sólo por Keynes sino por buena parte de los principales economistas de la época pero no fue hasta la adopción del programa roosveltiano del New Deal y el estallido de la segunda guerra que se comprendió cabalmente la inadecuación de dicha estrategia. En la actualidad y principalmente como consecuencia de las lecciones arrojadas por aquella experiencia, no sólo los gastos e ingresos gubernamentales ocupan un lugar mucho más significativo en la composición de la demanda agregada y del ingreso disponible del sector privado, respectivamente, sino que los hacedores de política cuentan con una comprensión más acabada acerca del rol que puede desempeñar la utilización de la política fiscal como herramienta contracíclica. En consecuencia, el manejo del gasto, los ingresos y la política de endeudamiento público están en condiciones de desempeñar un papel mucho más efectivo para estabilizar el comportamiento de la demanda agregada. Ciertamente, tal como lo pone de manifiesto el caso japonés de los últimos años y en forma similar a lo que ocurría en los treinta, la probabilidad de que el manejo de la política fiscal sea capaz de alcanzar estos objetivos depende crucialmente de la credibilidad de la misma. En tercer término, cabe destacar que en la actualidad la economía internacional cuenta con un conjunto de instituciones financieras multilaterales constituídas luego de la segunda guerra con el objetivo explícito de evitar la repetición de una depresión global. De hecho, entre las responsabilidades específicas del FMI se cuentan lograr un manejo adecuado de la liquidez internacional, monitorear la evolución de la economía mundial, y actuar, en caso de necesidad, como prestamista de última instancia en escala internacional de aquellas economías que enfrenten dificultades transitorias en sus balanzas de pagos. Debe notarse, no obstante, que aunque la presencia de esta suerte de red de seguridad mundial ha sido de crucial importancia para lograr que episodios tales como la crisis del tequila quedara circunscripta, esencialmente, a las regiones y agentes inicialmente afectados, su papel en la crisis actual está siendo mucho más cuestionado. Por un lado, pues tanto el FMI como el Banco Mundial a partir del diagnóstico elaborado hacia fines de la década pasada y que cristalizó en los denominados "Washington Consensus" y "market friendly approach to development" impulsaron entusiastamente las políticas de desregulación financiera doméstica y liberalización de la cuenta capital implementadas por los países de Asia inicialmente afectados por la presente crisis. Según varios importantes economistas tales políticas, y particularmente su adopción e implementación aceleradas a través de estrategias de shock, se encuentran, precisamente, en la génesis de los desequilibrios financieros que dieron origen a la debacle. Por otro lado, el FMI ha sido criticado por su incapacidad para prever la ocurrencia de la crisis y, especialemente, por el carácter de las políticas recomendadas a los países afectados. Estas recomendaciones reeditan la conocida condicionalidad de los paquetes de ayuda financiera del FMI en los que, como tendió a ocurrir sistemáticamente en América Latina durante la década del ochenta, la combinación de la devaluación con la restricción fiscal y monetaria, a las que se suma ahora la exigencia de reformas estructurales en medio del pánico, producía las más de las veces un overkill en el ajuste. Si a ello se agrega el hecho de que la magnitud de la crisis ha agotado prácticamente la capacidad de asistencia financiera regular del FMI parece claro que en la actualidad las funciones de prestamista de última instancia en escala internacional están lejos de estar completamente aseguradas. En este sentido varios analistas han señalado la presencia de una seria inconsistencia en la situación que atraviesa la economía global. Dicha inconsistencia residiría en la asimetría existente entre un mercado financiero internacional completamente liberalizado y en creciente expansión y la ausencia de un marco institucional apropiado para su regulación. Se señala así la ausencia de instituciones dotadas con los recursos y atribuciones suficientes como para hacer frente a situaciones agudas de iliquidez a escala internacional tal como la que actualmente se encuentra en pleno desarrollo. Aunque las urgencias de la actual coyuntura señalan la necesidad de consolidar las instituciones de intervención actualmente existentes y reforzar su capacidad prestable está creciendo la opinión favorable a constituir, para el mediano y largo plazo, mecanismos de intervención precautoria o prudencial capaces de brindar un marco institucional adecuado para el desarrollo de las transacciones financieras internacionales. Sin embargo, en el corto plazo, es evidente que se debe apelar a todos los recursos existentes a fin de constituir una red de seguridad de emergencia capaz de proveer la liquidez monetaria internacional en caso de ser necesario. Ello ha conducido al intento, hasta ahora fallido, de recapitalizar al FMI y dotarlo de mayores recursos. Habida cuenta de la actual emergencia internacional es evidente que las procupaciones relativas al moral hazard implícito en los bail-outs del Fondo deben dejar lugar al objetivo prioritario de acotar la posibilidad de nuevos contagios. Sin duda, la no resolución hasta el momento de dicha cuestión ha agregado una cuota no menor de incertidumbre al escenario, ya de por sí crítico, en el que se desenvuelve la economía internacional. Por último, cabe destacar que la escasa probabilidad de que se produzca un escenario similar al de los treinta reside, esencial y un tanto paradójicamente, en el hecho de que aquellos acontecimientos, de por sí altamente excepcionales, ya ocurrieron en una circunstancia. Y aunque ello no los torna per se irrepetibles sí garantiza una dosis no menor de inmunidad frente a su recurrencia. De hecho, no resulta exagerado afirmar que buena parte de la gestión macroeconómica de la segunda parte de este siglo estuvo orientada a evitar la repetición de aquella experiencia y que el desarrollo de la propia teoría macroeconómica estuvo signado por la crisis del treinta que funcionó a modo de un permanente marco de referencia. En este sentido, habría que admitir que si tales episodios se repiten ello sería en buena medida una manifestación de que las sociedades, en ocasiones, también pueden desaprender. La garantía, sin embargo, para que las lecciones de la historia no sean olvidadas pasa, en buena medida, por reconocer que la naturaleza de los problemas que enfrenta hoy la economía mundial guarda importantes similitudes con los que condujeron, en su momento, a la Gran Depresión y dieron nacimiento a la macroeconomía como rama especial del razonamiento económico. En efecto, la macroeconomía moderna surgió esencialmente como una reflexión sobre los problemas que, en el final de la década del veinte y comienzos de la siguiente, condujeron a la aparición de fallas de coordinación a nivel agregado y, consecuentemente, a la generación de desequilibrios macroeconómicos de magnitud y duración inusitadas. En todos los casos, frente a las serias fallas evidenciadas en el funcionamiento de los mercados en tales circunstancias, se tornó necesaria la intervención gubernamental a fin de brindar señales que operaran en el sentido de coordinar las expectativas de los agentes del sector privado y poder sacar a las economías de la depresión, la deflación y el desempleo. En la actualidad, el problema luce similar en más de un sentido y distintas clases de intervenciones pueden estar siendo necesarias para evitar que la economía mundial caiga en una recesión global.
arriba/top

PANORAMA DE LA ECONOMIA INTERNACIONAL Nº 1, octubre 1998
Declaración de la Comisión Económica para la América Latina y el Caribe (CEPAL) sobre la Crisis Financiera Internacional (15 de septiembre de 1998)

1. La crisis financiera internacional, que se inició en países asiáticos de rápido desarrollo hace un año y medio, ha generado una inestabilidad en los mercados de divisas y capitales que tiene pocos antecedentes en la historia económica mundial. A partir de la moratoria rusa, ha adquirido dimensiones extremadamente preocupantes, que han afectado a las bolsas de valores de los países industrializados y de las economías emergentes, y planteado una severa amenaza de recesión y deflación global. De materializarse esta amenaza, pondría en peligro muchos de los logros de las últimas décadas, muy especialmente los avances en la apertura del comercio mundial y en la liberalización de las economías en vías de desarrollo y en transición.

2. La inestabilidad financiera internacional se ha reflejado en presiones especulativas fuertes en América Latina en cuatro ocasiones en el último año: octubre de 1997, y enero-febrero, mayo-junio y agosto-septiembre de 1998. Estas fases especulativas han afectado con rigor variable a los distintos países de la región. La más reciente ha tenido efectos generalizados y severos sobre los mercados de divisas y de valores. Esta situación no concuerda con la solidez de las variables económicas fundamentales de los países de la región. Además, a la estabilidad macroeconómica, el fortalecimiento de los sistemas financieros nacionales y la transición a economías más abiertas que ha tenido lugar en los últimos años se ha agregado, durante la crisis actual, una respuesta rápida y eficaz de las autoridades económicas, como quizás nunca antes en una coyuntura similar. Sin embargo, las medidas que ha sido necesario adoptar son mucho más severas de lo que se podría justificar desde el punto de vista de cada economía, dado que responden fundamentalmente a fenómenos especulativos de origen externo. El contagio financiero tendrá, por lo tanto, costos importantes para los países latinoamericanos, que no se justifican desde el punto de vista interno, por lo que son económica y socialmente ineficientes.

3. Más allá de la situación macroeconómica de cualquier país asiático o latinoamericano que haya sido afectado por esta inestabilidad, ella refleja, ante todo, un problema fundamental de la economía global: la enorme asimetría que existe entre un mundo financiero internacional cada vez más sofisticado y dinámico, y la ausencia de un marco institucional apropiado para regularlo. Las graves imperfecciones de los mercados financieros y la rápida expansión de fondos de carácter especulativo, que explican su volubilidad, exigen el desarrollo de regulaciones prudenciales y esquemas de supervisión adecuados, así como de "prestamistas de última instancia". Estas lecciones, aprendidas en crisis pasadas por las naciones industrializadas y por nuestros propios países, han dado lugar a la creación de instituciones nacionales que cumplen estos papeles, aunque de manera no siempre eficaz y con vacíos importantes en la regulación y supervisión de las actividades de algunos agentes del mercado. Por el contrario, la globalización financiera no cuenta con instituciones similares. El Fondo Monetario Internacional tiene recursos extremadamente limitados para enfrentar crisis graves, como la actual. El Banco de Pagos Internacionales ha avanzado, por su parte, en el establecimiento de normas internacionales uniformes en materia de regulación y supervisión de algunas actividades financieras, pero su grado de implantación ha sido, hasta ahora, limitado.

4. Los programas de ajuste que se han puesto en marcha en los países en crisis han tenido dos características sobresalientes. En primer término, se ha subestimado sistemáticamente -y por lo general en una magnitud considerable- su efecto recesivo; más aún, en cada programa se han agregado ingredientes deflacionarios adicionales a la economía mundial. Este fuerte impacto recesivo ha impedido, por lo demás, en varios casos, el logro de uno de los objetivos básicos de los procesos de ajuste: el restablecimiento de la confianza de los inversionistas en el buen funcionamiento de las economías involucradas. En segundo lugar, la esagregado ingredientes deflacionarios adicionales a la economía mundial. Este fuerte impacto recesivo ha impedido, por lo demás, en varios casos, el logro de uno de los objetivos básicos de los procesos de ajuste: el restablecimiento de la confianza de los inversionistas en el buen funcionamiento de las economías involucradas. En segundo lugar, la esfera de la condicionalidad de los programas se ha ampliado más allá de la estabilidad.

5. En el caso de los mercados emergentes, las agencias calificadoras de riesgo, las principales instituciones encargadas de proveer información a los inversionistas, han demostrado ser un instrumento insatisfactorio en los últimos años. En efecto, han actuado en forma enteramente procíclica, por promover primero inversiones excesivas en dichos mercados y luego una salida masiva de capitales. De esta manera, en vez de atenuar los ciclos financieros, papel que debería desempeñar en los mercados un buen sistema de información, han tendido a agudizarlos. Este hecho, que se hizo evidente con la crisis de varias naciones asiáticas en 1997, ha sido ratificado recientemente con sus decisiones relativas a algunos países latinoamericanos.

6. En estas circunstancias, se requieren urgentemente acciones concertadas de los países del Grupo de los siete (G-7) dirigidas a (i) dar señales expansionistas, que contrarresten efectivamente la amenaza de deflación mundial y (ii) proporcionar recursos adecuados para apoyar a los países en desarrollo que enfrenten dificultades transitorias, elevando así los costos de ataques especulativos contra sus monedas. Las indicaciones del Sistema de la Reserva Federal de los Estados Unidos de que podría reducir sus tasas de interés deben materializarse y complementarse con acciones en igual sentido de los otros miembros del G-7, particularmente los países europeos. En el caso japonés, deben ponerse en marcha en forma efectiva los programas de expansión del gasto público y de saneamiento del sistema financiero. A su vez, el problema de recursos del Fondo Monetario Internacional debe resolverse con igual urgencia.

7. Estas acciones inmediatas deben ir acompañadas del inicio de negociaciones orientadas a crear un marco institucional apropiado para la globalización financiera. Este marco debe contar no sólo con un Fondo Monetario Internacional con mayor capacidad de acción y funciones más amplias en materia de prevención de crisis, sino también con sistemas regulatorios y de supervisión adecuados a nivel internacional. Estos últimos pueden estar basados en los sistemas nacionales existentes, pero sujetos a una autoridad financiera internacional, que profundice los avances que en tal sentido ha encabezado el Banco de Pagos Internacionales. Este proceso debe ser de gran alcance y abarcar, en particular, medidas orientadas a llenar los vacíos que existen en la regulación y supervisión de diversos agentes del mercado en los propios países industrializados. El establecimiento de mecanismos para encarecer las transacciones financieras internacionales de corto plazo, que reduzcan significativamente la rentabilidad de los flujos más volátiles, puede formar parte de ese marco.

8. Un mundo de globalización financiera exige, por otra parte, reconocer que las políticas económicas de los países industrializados tienen efectos globales y no sólo nacionales. Por este motivo, el ordenamiento institucional consistente con el nuevo contexto de globalización exige también una coordinación efectiva de las políticas macroeconómicas de los países industrializados -que no se ha logrado hasta ahora- en la cual se tengan en cuenta sus efectos globales, vale decir, también las consecuencias que tienen para los países menos desarrollados.

9. El debate en curso en torno a la liberalización internacional de los flujos de capitales debe estar claramente supeditado al diseño de este nuevo marco institucional para la globalización financiera. En particular, la posibilidad de ampliar el mandato del Fondo Monetario Internacional a la convertibilidad de la cuenta de capitales depende fundamentalmente de que exista un nuevo esquema de esta naturaleza. Mientras subsista la situación actual, los países en desarrollo deben mantener, por lo tanto, una mayor autonomía en esta materia. Esta autonomía debe quedar igualmente consagrada en cualquier acuerdo multilateral de inversiones, incluido el que se ha venido negociando en el marco de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE). Como lo han señalado la CEPAL y otros analistas, en ausencia de una regulación financiera apropiada a nivel internacional, se justifica ampliamente la adopción de medidas prudenciales por parte de los países en desarrollo con el fin de reducir los flujos de capital más volátiles.

10. Deben corregirse en igual sentido dos elementos preocupantes de la coyuntura actual. En primer término, en los programas de ajuste encabezados por el Fondo Monetario Internacional se debe evitar el sobreajuste y limitar la condicionalidad a temas relativos a los equilibrios macroeconómicos y la regulación y supervisión financiera. A su vez, las agencias calificadoras de riesgo deben estar sujetas a regulación y su calificación del riesgo soberano debe regirse por estrictos parámetros objetivos y de conocimiento público. Convendría estudiar la posibilidad de reemplazar la calificación del riesgo soberano que hoy en día realizan estas agencias por un sistema de calificación que apliquen las entidades de supervisión de los países donde se originan los recursos, de acuerdo con parámetros objetivos acordados a nivel internacional.

11. Los países en desarrollo, entre ellos los latinoamericanos y del Caribe, deben proseguir los esfuerzos por consolidar su solidez macroeconómica y por mejorar la regulación y supervisión financieras internas. Deben diseñar, además, como lo ha venido señalando la CEPAL en varios documentos recientes, nuevos instrumentos orientados a reducir la vulnerabilidad frente a los ciclos financieros internacionales, en especial instrumentos destinados a hacer un buen manejo fiscal y crediticio en las fases expansionistas del ciclo económico, para evitar el desarrollo de situaciones que se tornen a la postre insostenibles.
arriba / top


PANORAMA DE LA ECONOMIA INTERNACIONAL Nº 2, diciembre 1998
La evolución reciente de la economía internacional

I. Las respuestas de política frente a la crisis financiera

Luego de haber atravesado más de quince meses de profunda turbulencia, la calma parece estar retornando a los mercados financieros internacionales. Aunque la situación presenta todavía rasgos de extrema fragilidad y persisten una serie de riesgos importantes que impiden afirmar con certeza que la más seria crisis financiera de los últimos sesenta años ha sido completamente superada, la sensación generalizada en los mercados es que lo peor de la misma parece estar quedando atrás. Este significativo cambio en la percepción de los agentes, que pocas semanas atrás y en medio del pánico no encontraban otro refugio que los bonos de más largo plazo de los gobiernos de las principales economías avanzadas, se tradujo en un repunte generalizado de los mercados de distintas clases de activos financieros desde el piso que las cotizaciones habían alcanzado, en general, hacia mediados de septiembre e inicios de octubre (véase el recuadro). Consecuentemente, este movimiento significó la reaparición paulatina del crédito para algunos de los deudores que, como buena parte de los países de economías emergentes, habían sido directamente racionados de los mercados durante los meses de agosto y septiembre y una importante reducción de los diferenciales de riesgo de toda clase de activos financieros respecto de las tasas de interés "libres del riesgo de default" que pagan los bonos de los Tesoros de las economías más avanzadas.En este sensible cambio de escenario en los mercados financieros fueron cruciales las respuestas de política adoptadas por los policy-makers en varios países. En particular, a partir del momento en que los impactos de la devaluación y el cuasi-default ruso se dejaron sentir con fuerza en el centro nervioso del sistema financiero internacional al afectar a los mercados financieros de las propias economías avanzadas. La percepción en dicho momento de que la crisis financiera había adquirido una verdadera dimensión internacional luego de irse derramando de una región a otra del globo y de que la misma amenazaba seriamente con colocar a la economía mundial al borde de una recesión generalizada por primera vez desde la década del treinta parecieron inducir una respuesta en escala global de las autoridades de política del mundo desarrollado. Aunque no hubo una coordinación explícita de dichas respuestas de política lo relevante es que, luego de la reunión anual de los organismos financieros multilaterales mantenida en Washington a principios de octubre y en la que el pesimismo exhibido por los principales banqueros internacionales fue la nota dominante, pareció producirse una suerte de punto de inflexión e, implícitamente, todas las acciones encaradas comenzaron a apuntar en la misma dirección. Varios fueron los factores y acciones de política que, a nivel global, parecieron dar lugar a la superación, al menos momentánea, de la fase más aguda de la crisis:a) Las acciones de política monetaria encaradas en la mayor parte de las economías avanzadas y lideradas por la Reserva Federal de EEUU que, en menos de siete semanas, realizó tres recortes de 25 puntos básicos en la tasa de los fondos federales de corto plazo;b) Las medidas financieras y fiscales adoptadas en Japón dirigidas a sanear y revitalizar el sistema financiero y a sacar a la economía de la profunda recesión que atraviesa desde fines del año pasado. Al mismo tiempo, como parte del paquete fiscal, las autoridades anunciaron la concesión de fondos de asistencia a las economías de Asia en problemas por 30.000 millones de dólares. La magnitud de los recursos involucrados en ambos anuncios puso de manifiesto la voluntad de parte de las autoridades de retomar la iniciativa luego de un par de meses de aparente desorientación y estancamiento en materia de medidas de política. El estímulo fiscal involucra recursos por alrededor de 24 trillones de yenes (un 4,8% del producto) computando planes de gasto, recortes impositivos y préstamos del gobierno y el paquete dirigido a reestructurar el sistema financiero inyecta fondos públicos por dos veces y media dicha cifra (60 trillones de yenes);c) La declaración efectuada a fines de octubre por los líderes del Grupo de los Siete ratificando formalmente las reformas específicas anunciadas por sus Ministros de Finanzas y los presidentes de sus Bancos Centrales dirigidas a fortalecer el sistema financiero y monetario internacional. Esta declaración puso de manifiesto la voluntad de los líderes de las economías avanzadas de actuar en forma coordinada para prevenir la ocurrencia de nuevas dificultades en la economía mundial y, en caso de que se verifiquen crisis financieras en países particulares, minimizar las consecuencias de las mismas y contener su contagio a otras economías;d) La aprobación, a principios de noviembre, por parte del gobierno de los Estados Unidos de la postergada ampliación de su cuota de aporte al Fondo Monetario Internacional. Dicha decisión destrabó el aumento de las contribuciones del resto de los miembros de la institución y permitió a esta última incrementar en forma sustantiva su capacidad prestable. Asimismo, la mencionada capitalización permitió la entrada en vigencia de nuevas líneas de crédito contingente; e) Finalmente, y con el objeto de contener el contagio de la crisis a nuevas regiones de la economía mundial, el anuncio del paquete de ayuda financiera por 41.500 millones de dólares coordinado por el FMI y el Tesoro norteamericano, dirigido a respaldar el importante programa de ajuste fiscal anunciado a fines de octubre por las autoridades económicas brasileñas. El repaso de las iniciativas de política recién listadas parece prestar sustento a la sensación generalizada de que los esfuerzos de contención de la crisis han sido exitosos. Más aún, la favorable respuesta de los mercados parece poner de manifiesto el espacio con que cuentan los hacedores de política de los países desarrollados para encarar nuevas acciones de política contracíclicas en caso de ser necesario y la confianza de los agentes en su capacidad -particularmente de la Reserva Federal- de efectuar un fine-tuning apropiado. En efecto, el elevado nivel en términos históricos de las tasas de interés reales en un contexto de expectativas inflacionarias prácticamente inexistentes permite afirmar que existe un margen considerable para acciones ulteriores en materia de política monetaria. Asimismo, la sólida situación fiscal de buena parte de los gobiernos tanto en Europa como en EEUU conduce a sospechar que hay espacio suficiente para llevar adelante, en caso de ser necesario, acciones de estímulo fiscal de la demanda agregada. No obstante ello, hay dos cuestiones que merecen ser tenidas en cuenta a fin de apreciar con mayor perspectiva la presente coyuntura de la economía internacional. En primer lugar, cabe destacar que la crisis actual, tal como suele ocurrir con la mayor parte de las crisis sistémicas, ha procedido mediante una sucesión de fases de profundización y recuperación. Por tanto, aunque poco probable dada la evidencia existente hasta el momento, no se puede descartar en forma completa la posibilidad de una nueva fase en la evolución de la crisis financiera. En segundo término, no debe olvidarse que, aún cuando la fase más profunda de la crisis haya sido superada y la calma persista en los mercados financieros, sus impactos sobre la economía real recién están comenzando a ser apreciados en su verdadera magnitud y, con una elevada probabilidad, las consecuencias de los desequilibrios financieros sobre los mercados reales se van a dejar sentir por un tiempo todavía prolongado.
arriba / top

II. ¿Superación de la crisis o interregno hacia una nueva fase de la misma?
En lo que se refiere al primer punto cabe mencionar que hasta el momento ha habido tres etapas bien diferenciadas en la evolución de la crisis financiera internacional y que las dificultades observadas en cada una de ellas se han ido montando sobre las experimentadas en la etapa anterior. Esto es, durante cada una de estas etapas la crisis financiera ha ido creciendo en extensión y profundidad. La primera de estas etapas comenzó en Tailandia en julio de 1997 cuando las autoridades se vieron obligadas a dejar flotar la moneda doméstica, el baht, luego de una ronda de presiones especulativas en el mercado cambiario que habían comenzado algunos meses antes. Estas presiones, que parecieron seguir a la suba de tasas de corto plazo efectuada por la Reserva Federal en marzo del año pasado, ya habían conducido a una depreciación de la corona checa de alrededor del 10% cuando las autoridades del país europeo decidieron dejar flotar su moneda el 27 de mayo de 1997. Como es sabido la marcada depreciación de la moneda tailandesa, que sólo en la primera semana de julio perdió alrededor de un 15% de su valor, se transmitió rápidamente a las economías vecinas. Así, luego del 11 de julio en Filipinas y del 14 de agosto en Indonesia se asistió a una fuerte depreciación del peso y de la rupia. Poco tiempo después las autoridades de Malasia redujeron su intervención en el mercado de cambios y dejaron flotar el ringgit que también experimentó una marcada desvalorización. Sin embargo, luego de ocurridos estos efectos de contagio, se pensó que la crisis había quedado esencialmente contenida a dichas economías y que, por tanto, aunque muy problemática para los países afectados, había adquirido a lo sumo una entidad subregional. Debe destacarse que tal conjetura no parecía demasiado errónea habida cuenta de la escasa significación desde el punto de vista real y financiero de las economías afectadas para el conjunto de los mercados internacionales. De hecho, el tono de las conversaciones mantenidas en septiembre de ese año en el marco de la reunión anual del FMI y el Banco Mundial fue relativamente optimista y las expectativas de los agentes apuntaban, incluso, a una suba de las tasas de interés de corto plazo por parte de la Reserva Federal.Sin embargo, poco tiempo después el 22 de octubre, y en forma completamente no anticipada, se produjo el derrumbe de la bolsa de valores de Hong-Kong y el derrame de las dificultades a Corea del Sur que, luego de dos meses de profunda turbulencia financiera y cambiaria, se vio obligada a dejar flotar el won libremente a mediados de diciembre. Ello dio inicio a una segunda etapa de la crisis financiera en la que se verificó la generalización de las dificultades al conjunto de la economía asiática, incluyendo a Japón que pasó de una situación de estancamiento a la recesión abierta. Dicha etapa duró aproximadamente hasta fines de enero cuando la intensidad de la crisis comenzó a ceder y una calma relativa retornó a los mercados financieros y cambiarios de Corea del Sur e Indonesia, las dos economías más afectadas de esta nueva ronda de dificultades. Luego de ello se verificó una fuerte recuperación de los mercados cambiarios de los países de la región entre febrero y abril de este año y las autoridades de política estuvieron en condiciones de reducir paulatinamente las tasas de interés de corto plazo. También en dicho momento se pensó que la fase más aguda de las dificultades financieras había sido superada.Sin embargo, en mayo de este año la situación de las economías más afectadas por la crisis (Corea del Sur, Indonesia, Tailandia, Malasia y Filipinas) volvió a experimentar un marcado deterioro cuando la publicación de los datos relativos al desempeño de dichas economías durante el primer trimestre del año puso en evidencia que el impacto de la crisis había sido considerablemente peor de lo inicialmente pensado. El impacto negativo sobre la confianza de los inversores determinó que las monedas de la región experimentaran una nueva ronda de depreciaciones, aunque sin llegar a los pisos alcanzados en cada caso en enero de este año. Aunque a partir de junio la calma retornó a los mercados cambiarios del sudeste asiático, las presiones especulativas derramaron sobre la economía rusa que ya había estado sometida a algunos importantes remezones financieros durante la intensificación de la crisis asiática a partir de octubre. Esta vez, sin embargo, el contagio interregional de las dificultades pareció llegar para quedarse: a pesar de la intervención de las autoridades rusas en los mercados de cambios y de las fuertes subas impulsadas en las tasas de interés de corto plazo, los mercados parecieron poner en duda la sustentabilidad de dicha respuesta habida cuenta de la creciente concentración de los vencimientos de deuda en el corto plazo. Al mismo tiempo, la presión en los mercados financieros reflejó las expectativas negativas de los inversores en relación al impacto de la declinación de los precios del petróleo sobre la situación del sector externo de la economía rusa, la persistencia de fuertes desequilibrios fiscales, la excesiva dependencia de los flujos de capitales de corto plazo y el retraso en la implementación de las reformas estructurales. En estas condiciones, y luego de algunas idas y vueltas, el encadenamiento negativo de los acontecimientos determinó que el episodio culminara en la crisis en gran escala que la economía experimentó en agosto y que obligó a las autoridades a decidir la devaluación del rublo y la reestructuración compulsiva de algunas de las obligaciones externas del país. Esta drástica decisión inauguró la tercera y más profunda de las etapas de la crisis caracterizada por la definitiva internacionalización de los desequilibrios financieros. Como se dijo más arriba el hecho distintivo de esta fase es que esta vez la transmisión de las dificultades, vía las significativas pérdidas de capital experimentadas por los agentes que habían invertido fondos en Rusia, afectó en forma directa a los mercados financieros de las propias economías avanzadas. No sólo hubo caídas significativas en los mercados de valores sino que se produjo un inusual incremento en los diferenciales de riesgo pagados por los mejores deudores del sector privado (las compañías de la categoría de riesgo AAA) respecto de las tasas de interés pagadas por los bonos del gobierno de las economías más avanzadas. Al mismo tiempo, aunque Corea del Sur e Indonesia ya lo habían decidido de facto durante la segunda etapa de la crisis, la declaración formal por parte de Rusia de la imposibilidad de hacer frente a parte de los compromisos que vencían en el corto plazo instaló el fantasma de la reedición de las moratorias unilaterales decididas por las economías latinoamericanas en los ochenta durante la crisis de la deuda internacional. La reaparición abrupta del riesgo de default afectó naturalmente a las economías latinoamericanas y el ataque especulativo eligió como blanco a la economía brasileña. El derrame de las dificultades desde Rusia a Brasil y el riesgo de generalización al conjunto de la región latinoamericana terminaron de sancionar el carácter internacional de la crisis financiera. La caída de la demanda de los títulos emitidos por las economías emergentes determinó que, en pocas semanas, los mercados internacionales de crédito pasaran a operar en una situación de virtual racionamiento. De hecho, durante el mes de septiembre prácticamente desaparecieron las emisiones de deuda de los países en desarrollo reflejando que los mercados internacionales sólo estaban dispuestos a otorgar nuevo financiamiento a estas economías a una tasa de interés tendiendo a infinito. En estas condiciones, la dinámica de funcionamiento de los mercados financieros hizo temer en forma creciente que si los mercados de valores de las economías avanzadas ingresaban en una espiral deflacionaria los efectos riqueza negativos podrían terminar arrastrando a los últimos bastiones del crecimiento y provocar que el conjunto de la economía mundial ingresara en un escenario recesivo. Paradójicamente, tal vez, en la internacionalización de la crisis financiera estuvo parte de su comienzo de solución. Ello fue así pues el riesgo de una recesión -y el fantasma de la Gran Depresión- en escala global acabó de convencer a las autoridades de política de las economías avanzadas de que "el balance de los riesgos" en la situación económica internacional había cambiado y de la necesidad de intervenir en forma más activa para poner fin a la propagación de los impactos de la crisis poniendo fin al encadenamiento negativo de los acontecimientos. La sensible recuperación de los mercados financieros a partir de mediados de octubre como consecuencia de las medidas de política arriba detalladas parece haber echado por tierra los peores presagios y dado lugar a la percepción antes comentada de que lo peor de la crisis ya ha pasado. Sin embargo, sería erróneo subestimar los riesgos presentes en la actual coyuntura y suponer que la crisis financiera ha finalizado. De hecho, la evolución evidenciada por los mercados financieros de todo el mundo durante la primera semana de diciembre pone de manifiesto la precariedad de la situación actual y la subsistencia de numerosos interrogantes. En particular, tres son los frentes a monitorear con cuidado para aventar la posibilidad del ingreso a una nueva fase de la crisis:1) Que no se produzca un nuevo deterioro de la situación de alguna de las economías emergentes que conduzca a la aparición de renovados efectos de contagio. Dos son las economías que los inversores internacionales están siguiendo con atención a este respecto. En primer lugar, existen temores acerca de que China pueda decidir una devaluación de su moneda para hacer frente a una pérdida de competitividad si la recesión japonesa se profundiza y ello conduce a nuevas presiones bajistas en la cotización del yen. En los últimos días, de hecho, los mercados financieros de todo el mundo experimentaron caídas pronunciadas alimentadas por algunos rumores en este sentido. Sin embargo, los últimos indicadores de crecimiento hablan de una expansión del 10% del PBI chino entre octubre de este año y octubre del año pasado y del 7,6% durante el tercer trimestre del año en relación con igual período del año anterior. Estas cifras son muy superiores a las pronosticadas por el FMI en su último informe sobre la economía mundial y pondrían de manifiesto que el crecimiento jalonado por el gasto doméstico en infraestructura auspiciado por las autoridades está permitiendo compensar la desalentadora evolución de las exportaciones. Asimismo, para varios analistas -incluídos los miembros de la Administración Estatal china ocupada de las cuestiones cambiarias- la cuestión del supuesto atraso cambiario está sobreestimada en lo que respecta al desempeño de las ventas al exterior. En segundo lugar, no poca atención está depositada en la evolución de la economía brasileña luego de alcanzado el acuerdo con el FMI. Aunque el comportamiento de los mercados financieros con posterioridad a la difusión del mismo ha sido favorable y las medidas destinadas al ordenamiento de las cuentas públicas están realizando progresos notorios en el Parlamento, es cierto que, como todo intento de defender una moneda frente a un fuerte ataque especulativo, la situación presenta riesgos no menores. De hecho, en la primera semana de diciembre los mercados reaccionaron en forma muy negativa al rechazo del parlamento al incremento de la contribución proyectada de los empleados públicos al régimen de seguridad social poniendo de manifiesto el estrecho sendero por el que actualmente transita la economía brasileña en su intento de recuperar la confianza de los inversores. Respecto a ello, la preocupación central de los mercados está depositada en que las autoridades sean capaces de reducir en forma pronunciada las tasas de interés domésticas a fin de descomprimir la carga financiera sobre el endeudamiento de corto plazo y en que la recesión que la economía va a experimentar el año próximo no sea muy superior a la proyectada para elaborar el ajuste de las cuentas públicas;2) La posibilidad de que las importantes medidas fiscales y financieras adoptadas en Japón no logren evitar una profundización de la recesión en dicha economía. En este sentido cabe tener en cuenta que a pesar de que las medidas fiscales dan cuenta de más del 4% del producto y que las mismas ponen de manifiesto la voluntad de las autoridades japonesas de retomar la iniciativa luego de varios meses de quietismo la reacción inicial de los mercados frente a las mismas no ha sido demasiado satisfactoria. En dicha respuesta parece haber influído el hecho de que el anuncio del paquete fue opaco y no está del todo claro si la totalidad de los recursos involucrados son nuevos o si, en parte, se trata de fondos provenientes de viejos paquetes que no han sido ejecutados. Ello coincidió con la decisión de la agencia Moody's de recalificar la deuda del gobierno japonés desde la más alta categoría a un segundo nivel de riesgo. De hecho, los últimos datos disponibles que muestran que el PBI del tercer trimestre cayó un 2,6% a tasa anualizada señalan que, por ahora, la recesión, lejos de haber sido superada, sigue su curso;3) La posibilidad de que se produzcan desarrollos adversos en los mercados financieros de las propias economías avanzadas. En este frente, dos son las cuestiones a monitorear con atención. En primer lugar, la posibilidad de que se produzca una abrupta restricción del crédito (credit crunch) motivada por la aparición de dificultades en la hoja de balance de los intermediarios financieros. En este sentido, las causas de la nueva reducción de tasas decidida por A.Greenspan el 17 de noviembre no están del todo claras y la mención de que persisten dificultades en el sector financiero ha conducido a algunos analistas a interrogarse respecto de la posibilidad de que la decisión de la Reserva federal haya estado motivada por la existencia de problemas en algunas entidades financieras desconocidos por el mercado. En segundo término, la posibilidad de que la propia rebaja de tasas de interés conduzca a la reaparición de los fenómenos de sobrevaluación de activos en los mercados financieros, particularmente en Wall Street. En este sentido, la preocupación de la mayor parte de los analistas está concentrada en la evolución de la tasa de ahorro de las familias norteamericanas cuya proxi se ha tornado negativa en septiembre por primera vez en sesenta años y en la posibilidad de que el fin de la supuesta burbuja especulativa venga acompañado de una abrupta contracción del gasto privado. Aunque el fin del período de apreciación no necesariamente tiene que venir acompañado por un desplome de las cotizaciones y del gasto privado de consumo e inversión y la tasa de ahorro podría recomponerse gradualmente en los próximos años, es cierto que la evidencia indica que los ciclos de excesivo crecimiento del gasto usualmente finalizan en forma pronunciada. Claramente en el actual contexto de fragilidad ello tendría consecuencias muy negativas para la estabilidad financiera.
arriba / top

III. Los impactos reales de la crisis financiera internacional
En lo referido al segundo punto mencionado más arriba no hay demasiado espacio para la euforia. En efecto, aún cuando la crisis financiera haya sido finalmente superada cabe señalar que, una vez pasada la tormenta, los impactos de la misma sobre la economía real serán muy pronunciados. Es sabido que, como consecuencia de los serios desequilibrios financieros, en el caso de varias economías se ha pasado en pocos meses de un crecimiento robusto a una recesión profunda y que pocos países han quedado al margen de la crisis global. Al mismo tiempo, las consecuencias sociales de la crisis en los países más afectados han sido muy profundas y están llamadas a tener impactos no sólo en el corto sino también en el medio plazo a través del incremento en los niveles de pobreza y desempleo, el deterioro de las condiciones de acceso a la salud y la educación y el empeoramiento en la distribución del ingreso. De las proyecciones efectuadas por los principales organismos e instituciones multilaterales surge que, en el mejor de los casos, el año próximo cabe esperar una evolución del producto mundial similar a la pobre performance observada durante 1998 y que recién en el 2000 se podría apreciar una moderada recuperación (véase el gráfico). Así, en su último informe la OCDE anticipa que la tasa de crecimiento del producto mundial prácticamente se mantendrá el año próximo en los exiguos niveles registrados este año de forma tal que el PBI mundial sólo crecería 2,1% en 1999 frente al 2,0% que se espera para el presente año. Para el 2000 dicho organismo anticipa una recuperación moderada de la economía mundial cuya tasa de crecimiento se situaría en un 2,9%. Sin embargo, cabe mencionar que si el arte de pronosticar siempre es una tarea difícil y sometida a riesgos importantes y, por tanto, todo pronóstico económico está sujeto per se a un importante grado de variabilidad, dicha situación se ha visto exacerbada en el actual contexto de profunda incertidumbre. Ya en nuestro informe pasado se destacó que, a medida que la crisis se desarrollaba y se tomaba consciencia de su gravedad creciente, la revisión de los pronósticos de crecimiento de la economía mundial evidenciaba un sesgo sistemático a la baja. Ello puso de manifiesto no sólo que la precisión y el grado de confianza de las proyecciones se ven particularmente afectados durante los períodos de elevada incertidumbre sino también que, en la presente situación, los riesgos se encuentran distribuídos asimétricamente a la baja. Dicha situación continuó verificándose en el último mes y medio. Así, mientras en octubre el World Economic Outlook del FMI pronosticaba que el año próximo la economía mundial crecería un 2,6%, el último informe del Banco Mundial anticipa un crecimiento del PBI mundial en 1999 de sólo el 1,9% (véase gráfico). De hecho, habida cuenta de la nueva evidencia disponible que indica que las consecuencias reales de la crisis internacional son mucho más serias de lo inicialmente pensado, el propio FMI proyecta presentar antes de fin de año, tal como lo hizo el año pasado, una nueva versión de su Outlook de la economía mundial. Sin duda esa nueva versión contendrá una revisión a la baja de la mayor parte de las estimaciones y pronósticos respecto al desenvolvimiento futuro de la economía internacional Por su parte, la tasa de crecimiento del comercio mundial experimentaría una leve recuperación desde los magros niveles a los que se ha visto contraída su evolución como resultado de la crisis internacional. En efecto, luego de crecer a una tasa superior al 9% durante 1997, la OCDE espera que los flujos reales de bienes y servicios crezcan un 4,6% durante este año, un 5,3% durante 1999 y un 6,1% durante el año 2000. En lo referido a la evolución de los precios, excepto en los países que sufrieron fuertes ataques especulativos contra sus monedas y experimentaron episodios de crisis financiera, se espera un escenario de desaceleración. Ello es lógico habida cuenta del exceso de oferta prevaleciente en varios mercados. Para las economías avanzadas la tasa de inflación para el próximo año se espera que se sitúe en los muy bajos niveles de este año (1,7%), los más bajos de los últimos cuarenta años. Por su parte, para las economías en desarrollo se prevé que, luego de haber subido levemente por encima del 10% en el presente año, la tasa de evolución de los precios se ubicará en un exiguo 8,3%. Este resultado está influído, sin embargo, por la marcada aceleración que experimentó la evolución de los precios en los países asiáticos más afectados por la crisis. Para las economías en transición se espera que el próximo año la tasa de inflación se sitúe alrededor de un 34% luego de que los precios registraran una suba de alrededor del 29% durante el presente año. Este resultado esconde, sin embargo, una evolución dispar: mientras se espera que la inflación en Rusia se sitúe por encima del 70% el año próximo luego de haber registrado una tasa del 14% en 1997, el resto de las economías en transición tienden a exhibir importantes desaceleraciones. Aún así, y a pesar de los temores que surgieron durante los peores momentos de la crisis, la evolución de los precios está lejos de haber ingresado en una espiral deflacionaria. Aunque hubo algunos desarrollos que pudieron indicar la existencia de presiones en este sentido lo máximo que puede decirse es que la economía mundial está atravesando actualmente una etapa de marcada desinflación. En efecto, aunque los precios de las commodities cayeron más de un 30% desde mediados del año pasado como resultado fundamentalmente de la contracción de la demanda en Asia debe tenerse en cuenta que dichas caídas parecen haberse detenido en los últimos meses. Asimismo, mientras dichas reducciones de precios generaron importantes pérdidas de ingresos para los países productores, para los países importadores representaron una favorable evolución de los precios relativos que ayudó a reducir costos y, por tanto, contribuyó a mejorar los ingresos reales. Por otra parte, aunque el comportamiento de los precios de las materias primas y de muchas mercancías de origen industrial, provocó la caída generalizada de los precios mayoristas en los principales países desarrollados, la evolución de los precios de los servicios impidió que tales reducciones en los precios al productor se trasladarán a la evolución del nivel general de precios. Así, aunque los precios mayoristas han caído, por ejemplo, un 4,7% en Alemania y un 0,7% en EEUU en el año transcurrido hasta octubre, de los países desarrollados los únicos que han experimentado una leve deflación en los precios al consumidor han sido Japón y Suecia (0,2% y 0,4%, respectivamente). Por último, otro de los indicadores que se utilizaron para señalar la existencia de presiones deflacionarias en la economía mundial ha sido la evolución de los rendimientos nominales de los bonos de los distintos gobiernos. En efecto, dado que el rendimiento nominal de los bonos es igual a la suma de su rendimiento real más el premio pagado por el riesgo de default más la tasa de inflación esperada, si se supone que los dos primeros factores se mantienen constantes, entonces toda reducción en el rendimiento nominal de los bonos debería reflejar reducciones de la tasa de inflación esperada. Precisamente, durante las peores instancias de la crisis, varios analistas adujeron que la fuerte reducción del rendimiento nominal de los bonos era un factor que señalaba la presencia de marcadas expectativas de deflación. Sin embargo, dado que durante dichos meses se verificó un importante cambio en la composición de los portafolios financieros a favor de dichos bonos es muy difícil sostener que la reducción en su rendimiento nominal no esté reflejando en realidad una disminución del rendimiento real de los bonos y del riesgo de default.
arriba / top

III.1. Las economías avanzadas
Como puede suponerse, los pronósticos recién mencionados respecto de la evolución de la economía internacional durante el año próximo encierran situaciones bastante disímiles. En efecto, mientras la mayor parte de las anticipaciones supone que en las economías avanzadas, con la clara excepción del Japón, la situación macroeconómica continuará exhibiendo síntomas de fortaleza aunque evidenciará cierta desaceleración, los pronósticos relativos al desempeño de los países en desarrollo son mucho menos alentadores. En lo que se refiere, entonces, a la evolución de las primeras los informes elaborados por los organismos financieros y las instituciones multilaterales en el último mes y medio coinciden en anticipar para el año próximo sólo una leve desaceleración del crecimiento. Aunque con diferente intensidad ciertos impactos de la crisis internacional se han dejado sentir aún en dichas economías, cabe destacar que, con la excepción de Japón, la situación macroeconómica ha permanecido hasta ahora bastante robusta. Así, aunque se anticipa una cierta pérdida de dinamismo, se espera que el crecimiento continúe firme en el caso europeo y, luego de varios años de elevado e ininterrumpido crecimiento, se prevé un soft-landing de la economía de EEUU. En el caso de la economía japonesa, la mayor parte de los pronósticos estima que, si no hay nuevas dificultades, los paquetes fiscales y financieros recientemente anunciados posibilitarán una salida suave pero firme de la presente recesión. De esta forma, mientras el Banco Mundial proyecta un crecimiento del 1,6% para el PBI del conjunto de los países desarrollados en 1999, la OCDE estima que las economías de su área crecerán el año próximo un 1,7% y un 2,3% en el 2000 (véase el cuadro).Como recién se dijo la mayoría de los pronósticos estiman que la economía estadounidense efectuará el año próximo un aterrizaje suave y desacelerará su crecimiento desde el elevado 3,4%/3,5% que se prevé para este año. En dicha prognosis coinciden tanto la mayor parte de los analistas del sector privado como los principales organismos e instituciones multilaterales. Así, mientras la OCDE estima que la economía norteamericana crecerá el año próximo un 1,5%, el promedio de los pronósticos privados relevados por la revista The Economist sitúa la tasa de crecimiento de EEUU para 1999 en un 1,7%. Dichos pronósticos parecen estar basados en la anticipación de una fuerte desaceleración del gasto de consumo privado durante el año próximo en la medida en que se asume que el actual ciclo de endeudamiento masivo de las familias que ha conducido a una tasa de ahorro negativa por primera vez desde los año treinta (véase el Box n 2) va a llegar a su fin durante el año próximo. De este modo, habida cuenta de que como resultado de la crisis internacional las exportaciones netas están evolucionando en forma negativa y que la inversión parece haberse desacelerado durante la segunda mitad de este año desde los elevados niveles exhibidos durante la década del noventa, parece evidente que la clave de lo que ocurra en el futuro con la economía norteamericana depende en forma crucial de la evolución del gasto de consumo privado. Hasta el momento, sin embargo, dicho gasto ha dado escasas muestras de desaceleración y la economía de EEUU ha seguido creciendo por encima de lo que la mayor parte de los pronósticos anticipaban. En el tercer trimestre del año, de la mano de una inesperada continuación del gasto de consumo que no cayó en ningún mes desde junio de 1996 y de la recuperación en noviembre del índice de confianza de los consumidores que volvió a crecer luego de caer por cuatro meses consecutivos desde el pico alcanzado en junio, la economía norteamericana volvió a crecer un 3,5% contra igual período del año anterior. La pregunta central es, entonces, qué es lo que ocurrirá en el próximo período con el gasto de consumo de las familias norteamericanas. Dos son los factores relevantes en relación a esta cuestión y se encuentran estrechamente vínculados: la suerte de las cotizaciones bursátiles y los impactos que la reciente baja de tasas de corto efectuada por la Reserva Federal pueda tener en la evolución del gasto privado, fundamentalmente de consumo. En relación a la primera de dichas cuestiones cabe destacar que, durante los peores meses de la crisis, cuando se temió la generalización de la recesión al conjunto de la economía mundial uno de los principales canales de transmisión apuntado fue precisamente la posibilidad de que el desplome de las cotizaciones en la bolsa generara un fuerte efecto riqueza negativo sobre la posición patrimonial de las familias que terminara arrastrando a la economía norteamericana a la recesión. Sin embargo, a pesar de la caída del 20% ocurrida en los precios de las acciones desde el anterior pico alcanzado en julio de este año, el consumo privado estuvo lejos de sentir algún impacto. Este hecho podría ser interpretado en forma positiva si se asume que los efectos riqueza provocados por la porción de la riqueza privada que se mantiene bajo la forma de tenencias bursátiles es menos robusto de lo que se suponía y que los consumidores no estaban asumiendo al tomar sus decisiones de gasto que los valores de las acciones se mantendrían en los niveles record que tenían antes de la crisis y que han vuelto a alcanzar en estos días. Sin embargo, dicho comportamiento es plausible de ser interpretado desde una óptica menos optimista. En efecto, los consumidores podrían haber interpretado la caída de las cotizaciones como un fenómeno meramente transitorio y haber supuesto que las acciones continuarían creciendo a las elevadas tasas en que lo han venido haciendo en los últimos cuatro años. En tal caso, dicho comportamiento se tornaría altamente preocupante y plantearía una amenaza potencial toda vez que las cotizaciones en el mercado accionaro se han vuelto a situar en los elevados niveles de mitad de año y la mayor parte de los analistas estiman que los mismos ponen en evidencia la existencia de una inflada burbuja en la valuación de los activos. En tales circunstancias un desplome de la bolsa de valores podría acarrear consecuencias muy severas para la economía norteamericana y poner fin de manera abrupta a su etapa de elevado crecimiento. Sin embargo, e